La memoria puede jugarle una mala pasada, incluso a los instrumentos más eficaces de la política de los países desarrollados. Aquellos que definen lo que es bueno o malo, magnifican las deficiencias de los demás, los clasifican y se arrogan el derecho de indicarles la conducta a seguir, acorde a sus propios modelos. Juzgar a otros no es un simple entretenimiento, sino que aplica una propaganda diferenciada para estigmatizar a quienes son censurables, en un ejercicio peligroso que linda con la injerencia en sus asuntos internos.
Cómo definir la mala conducta es un artilugio que puede maravillar a los más eruditos en el quehacer internacional. Por ejemplo, en la clasificación emanada de las instituciones de la Unión Europea sobre el resto del mundo resulta más evidente la ecuación. Sus Estados miembros se hallan en la primera categoría, le siguen los Estados aliados (no importa los desatinos que cometan) y, en último lugar -aunque constituyan la mayoría del planeta reconocidos por la Organización de Naciones Unidas- están los terceros Estados. Queda claro que a estos últimos hay que “orientarlos”, monitorearlos, censurarlos y hasta castigarlos, si es preciso.
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