Por Henry Siegman
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
La comunidad internacional quizá está empezando a tomar nota de lo absolutamente inútiles que son las expectativas de que un gobierno israelí acepte un acuerdo de paz justo y viable que acabe con el sometimiento y la negación de todos los derechos nacionales e individuales que sufre el pueblo palestino desde hace más de cuarenta años. Y es de esperar que ése sea el sentido en el que el jefe de la política exterior de la Unión Europea, Javier Solana, ha propuesto que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas asuma la responsabilidad de instaurar un Estado palestino en un plazo determinado de tiempo si para entonces no se ha llegado a un acuerdo entre las partes. Después, el Consejo de Seguridad establecería las fronteras internacionales de Israel y el nuevo Estado y formularía los parámetros para la resolución de cada uno de los otros problemas relacionados con el estatus permanente: Jerusalén, los refugiados y la seguridad.
Evidentemente, todo esto es imposible sin el consentimiento y el liderazgo de Estados Unidos, que no parece probable que se den si se considera, equivocadamente, que dicha propuesta supone un castigo por la falta de acción, y no lo que realmente es: la intención original de las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que reclamaban la vuelta de Israel a las fronteras de 1967.


















